Mi experiencia en una rueda de reconocimiento

 

Esta mañana he estado en una rueda de reconocimiento, por primera vez en mi vida. No, no es que mi vida llena de excesos (¡ja!) me haya pasado factura y me haya topado con la justicia. He estado como figurante. Son aquellos que solo están ahí para hacer bulto, y para que la víctima, anónimamente, identifique al verdadero delincuente, si es que sabe realmente diferenciarlo de ti (saber algo de estadística y “falsos positivos” no tranquiliza mucho en estos casos). Pero empecemos por el principio.

Estaba yo tranquilamente, con la pachorra que me caracteriza, paseando al perro por ese lugar que no es internet (mundo real creo que lo llaman) cuando un señor policía me para y me pregunta: ¿Tienes algo que hacer esta mañana? Con el desconcierto seguramente aún presente en mi cara le contesto que no. Entonces prosigue: “¿Puedes hacernos un favor? (tradúzcase “favor” por “no vas a cobrar un euro”). ¿Quieres participar en una rueda de reconocimiento? Es como en las películas. Llegas, te sientas, y te vas. Serán solo 15 minutos máximo, y le estarás haciendo el favor a una chica.” No recuerdo si me llegó a decir qué había sufrido la chica, si un robo o algo peor. Espero que fuese poca cosa.

El caso es que me pide todos los datos y me cita a las 11:00 en los juzgados. Con el tiempo un poco justo me presento a esa hora en el mostrador, y mi cerebro, que es muy gracioso, activa su ‘modo dislexia’ para dejarme decir “tengo que estar a las 9:00 en una rueda de reconocimiento”. Los ojos de la del mostrador me dicen “¿eres idiota?” aunque los labios responden “será a las 11:00, ¿no?”. Me hacen pasar a una sala donde ya se encuentran otras tres personas. Automáticamente, no sé porqué, doy por sentado que una de esas tres personas es el criminal, y el resto, como yo, son figurantes.

 

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Esto es de ‘Sospechosos habituales’, y cualquier parecido con la realidad es coincidencia

 

Esa hipótesis se apoyaba en algunas pruebas que reconozco son débiles, pero ahí estaban. No se debe juzgar a las personas por el aspecto físico, pero a uno de los tres hombres parecía que la vida le hubiera tratado un poco peor que al resto. El segundo indicio no concluyente es que al sentarme justo al lado de ese señor (los otros dos habían dejado libre esa silla y habían más) me suelta: “¿Qué, tú también has robao?”, a lo que asiento y sonrío un poco, pero sin mantener contacto visual alguno por si acaso. El tercer indicio sucedió cuando una mujer, muy atractiva, nos deleitó a los cuatro con su embriagador perfume mientras movía su falda por delante de nuestras narices. A lo que uno suelta lo que yo pienso: “joder”, y mi sospechoso número uno dice: “está para que se la follen”. Nótese la sutileza del comentario. Aunque no es delito ser maleducado, aún pensaba que el criminal era uno de los otros tres, y aquel del improperio era el que iba ganando. 

Después de los veinte minutos más silenciosos y socialmente incómodos de la historia de la humanidad en compañía de tres desconocidos (uno supuestamente criminal), nos dicen que un abogado (o no sé quién) llegaría media hora más tarde, que nos fuésemos a tomar un café (qué manía con decir lo que tiene que tomarse uno), y que volviéramos a las 11:50. Aquellos 15 minutos que el policía me había dicho hacía mucho que habían volado. Vuelvo a la hora indicada, esta vez a tiempo. Soy el primero. La chica que gestionaba el tema me pregunta los más absurdo que me han dicho hoy: “tú ya estás aquí, ¿no?”, o algo muy parecido a eso. A lo que no puedo contestar otra cosa que “sí”, porque sé que no soy un puto holograma. 

Cuando por fin llegan todos, esperamos un rato más (ya son las 12:00) y nos hacen pasar a otra sala, en la que nos observará la víctima. Lo único en la sala parecido a las películas es la ventana/espejo: ese cristal que nosotros veíamos como un espejo, pero desde el otro lado se nos veía a nosotros. En el otro lado debían tener la luz apagada, porque si no nosotros también los veríamos a ellos. Un poco cutre, porque cada vez que en la otra sala alguien entraba o salía, la luz que entraba por aquella puerta nos permitía ver un poco. No habían líneas horizontales en la pared para medir la altura, como en la imagen de arriba, aunque íbamos a estar sentados y de todas formas no iba a importar. Los números que nos identificaban estaban escritos con rotulador en un papel, y éste pegado con celo en la pared. Todo última tecnología.

 

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He aquí una valiosa lección, niños: no juzguéis a las personas por su aspecto. En la sala habían 5 sillas, no 4. Eso significaba que ninguno de nosotros era el criminal, que ocuparía la silla con el 5. Por supuesto, ya os podéis imaginar que, con mi suerte, yo me he sentado en la 4, no porque quisiera, sino porque me lo han dicho así. A mi sospechoso número uno (que en realidad era el número dos en las sillas) lo había juzgado mal. El pobre hombre también era un figurante. A lo mejor lo habían llevado allí para despistar, qué sé yo…

Después de tenernos sentados en esa sala otro buen rato, entra el tipo al que la chica debería reconocer o no como culpable. Entra esposado, y le hacen sentarse en la quinta silla (a mi ladito). Yo, que lo más delictivo que he hecho en mi vida ha sido correr por el borde de una piscina, al lado de un tío que era mejor no saber qué había hecho. Como él estaba esposado, con las manos a la espalda, nos dicen al resto que también pongamos nuestras manos atrás, como si tuviéramos esposas. Entonces pensé si habría alguna forma de diferenciar si teníamos esposas de verdad o no con solo mirarnos. Así que, aprovechando que tenía un espejo delante, me puse a observar (intentando no mantener contacto visual directo con el que tenía a mi izquierda). No se notaba nada. Después de otros 10 minutos (¿cómo podía tardarse tanto en identificar al sospechoso, si uno sabe realmente quién es?) sacan primero al esposado y luego nos “liberan” al resto. Nos devuelven el DNI y nos agradecen la ayuda.

Aunque ha resultado más duradero de lo que esperaba (de lo que me habían dicho), me quedo con la satisfacción de ayudar a una pobre mujer. Qué coño, ¡soy un jodido héroe! Bueno, lo mismo me he venido un poco arriba, pero ya puedo decir que he visto una rueda de reconocimiento por dentro, no solo en las películas. Espero que si tengo que volver alguna otra vez, sea también como figurante…  

 

8 comentarios

  1. Información Bitacoras.com

    Valora en Bitacoras.com:   Esta mañana he estado en una rueda de reconocimiento, por primera vez en mi vida. No, no es que mi vida llena de excesos (¡ja!) me haya pasado factura y me haya topado con la justicia. He estado como figurante. Son aquellos..…

  2. Emmanuel · · Responder

    Jajaja… la verdad con esa anécdota podría escribirse un capitulo de alguna sitcom. De ahora en más, si algún día me para un policia y me pide entrar en una rueda de reconocimento, voy a decir que sí solo para pasar un buen rato.
    Al menos hay café gratis!

    1. Sí, por lo menos la anécdota te la recomiendo. Pero intenta no sentarte al lado del criminal ;)

  3. Cristina · · Responder

    Hola! estoy preparando un artículo para prensa y me interesa tu experiencia. ¿Podríamos hablar por privado? Un saludo.

    1. Hola, me puedes enviar un email a la dirección que aparece en mi perfil del avatar.

    2. Cristina · ·

      Hecho :)

  4. […] LSD’ [Albert Hofmann, 1979]. La otra es una entrada sobre la experiencia personal de haber estado en una rueda de reconocimiento. No es que sea un criminal ni nada… bueno, no que se sepa… […]

  5. MUY LLAMATIVA LA HISTORIA,YO ESTOY SIENDO JUZGADA DE VERDAD Y TENGO UNA RUEDA DE RECONOCIMIENTO,COMO VEMOS POR ESTO Q RELATA ,TAMBIEN M HACE PENSAR LOS ARREGLOS Q HACE LA POLICIA PARA DEMOSTRAR CULPABLE AL INOCENTE

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