‘Yo, Robot’ [Asimov, 1950] (Parte II)

 

 

Paso a comentar el resto de los relatos sobre robots de I. Asimov. La primera parte con los primeros 4 relatos se encuentra en este enlace.

 

“¡Embustero!”

Como decía en la entrada anterior, por muy sólidas e infranqueables que puedan parecer unas leyes, siempre existe cierto margen para la interpretación. En las tres leyes de la robótica se habla de “dañar a humanos”, pero, ¿que puede significar realmente dañar? A parte de que no todo el mundo siente de la misma forma el dolor físico, ¿también se refiere al dolor emocional?

Esta historia explora esa faceta ambigua del daño en la primera de las leyes. Un robot que considere el dolor emocional como “daño”, puede llegar a mentir piadosamente con tal de no perjudicar a lo humanos, cumpliendo así rigurosamente con la Primera Ley. Para justificar que un robot pueda saber la clase de cosas que afectan psicológicamente a las personas, y por lo tanto para poder evitar “herirlas” mintiéndoles, Asimov se inventa un robot con la capacidad (por error) de leer las mentes. El tema de los poderes mentales y telepáticos (en este caso de un robot, pero también en personas) veo que es recurrente en los pocos libros que llevo leídos del autor (por ejemplo aparecen en La Fundación y también en Un guijarro en el cielo). Además en esta historia también aparece una forma ya clásica de detener o cargarse a un robot: plantearle alguna cuestión paradójica e irresoluble.

 

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“Liar” (by den1983 – DeviantArt)

 

“Pequeño robot perdido”

Esta historia es muy interesante. En primer lugar, por la justificación para alterar ligeramente la primera ley de la robótica. La primera ley dice que un robot no puede dañar a un humano, pero también dice que, por su inacción, no puede permitir que un humano sufra daño. Pero ahora imaginemos que el trabajo de los humanos fuese arriesgado, aunque no fuese letal, y los robots obligaran a los humanos a dejar su puesto. Además, sumémosle el que exista algo en esa acción “protectora” que dañe a los robots (pero que no impediría que los robots intentasen salvar a los humano, puesto que su propia protección, la tercera ley, esta por debajo de la primera).

Esa es la situación que se plantea en esta historia. Se trabaja en una estación espacial, y aunque el trabajo es arriesgado para los humanos, es letal para el cerebro positrónico de los robots debido a las radiaciones que reciben. De modo que desarrollan un robot con la primera ley algo cambiada: prohibido hacer daño a los humanos, pero sin la obligación de procurar que los humanos no sufran daño por su inacción.

En segundo lugar, es curioso lo cuidadoso que hay que ser con las órdenes directas, y en este caso se relata un caso divertido. Si le dices a un robot “piérdete”, lo tomará como algo literal. El problema es que le dicen “piérdete” precisamente al robot al que le han modificado la primera ley, y es idéntico al resto, así que tienen que averiguar la forma de encontrar cuál es.

 

“¡Fuga!”

Esta historia nos plantea una “carrera” entre dos empresas por el desarrollo del salto hiperespacial: una forma de recorrer grandísimas distancias en el espacio en un solo instante. Aunque se separa un poco de las demás historias centradas en las leyes robóticas y la psicología, este es un interesante relato con ciencia ficción de la que fascina y te deja ese gusto de sobrecogimiento al final.

La empresa U.S. Robots se enfrenta al problema del salto hiperespacial con la creación de un robot que es básicamente un súper cerebro positrónico encargado de diseñar la nave, con el problema añadido de que el cerebro de su competidor sufrió un fatal desenlace al autodestruirse con el mismo propósito. Para evitar el mismo final, investigan cual pudo ser el error de los competidores. Cuando, por accidente, Donovan y Powell son empujados al espacio en un salto hiperespacial, sufren una extraña experiencia que asocian con la misma muerte (un viaje psicodélico al más puro estilo 2001: una odisea en el espacio).

Realmente, debido al salto, Donovan y Powell “dejan de existir” durante un instante en el universo, para aparecer de nuevo a años luz de distancia. Eso es considerado como una “muerte” por el cerebro positrónico, de modo que respetando las leyes de la robótica, no puede permitir el viaje, y eso fue lo que le pasó al cerebro positrónico de la empresa competidora.

 

“Evidencia”

Esta historia trata un tema muy utilizado en el cine o la literatura, y no solo con robots de por medio, si no también (incluso diría que más a menudo) en historias de extraterrestres: la inquietante situación de que existen seres con apariencia humana, pero que no sean humanos. Tratar con algo que parece humano en todos los sentidos pero que en realidad sea otra cosa (robot, alienígena o lo que sea) da para buenas historias, sobretodo de terror. En esta historia de Asimov, ni es de terror, ni aparecen alienígenas infiltrados como en La invasión de los ultracuerpos, pero sí aparece un “infiltrado” robótico.

En varios de estos relatos se presenta una sociedad futura que convive con robots, pero en la que también existe una fobia de los humanos (o de algunos humanos) hacia los robots. Un rechazo o miedo constante a que los robots tengan demasiada presencia en la vida cotidiana lo veo más que plausible, sobretodo si estos robots son cada vez más inteligentes (lo que genera más miedo, creo yo, que confianza). El propio Asimov le puso el nombre de Complejo de Frankenstein a esa aversión: la de temer tu propia creación.

Volviendo a lo del robot “infiltrado”, si se lograran crear robots con aspecto totalmente humano (no un androide evidente como C3PO, si no más bien como los que salían en Alien, por poner un ejemplo), podrían pasar desapercibidos y esa aversión no existiría (aunque quizás siempre existiría la duda y la desconfianza sobre quién puede ser un androide). En este relato existe la sospecha de que, ni más ni menos que el candidato a la alcaldía de una gran ciudad, es en realidad un robot. La sospecha nace del hecho de que nadie ha visto a ese “humano” comer públicamente, lo que por otro lado tampoco es determinante.

Para probar que es un robot uno recurriría a las leyes de Asimov, puesto que todos los robots fabricados están sujetos a ellas. Pero que un robot salve o no dañe a un humano también pueden hacerlo las personas buenas, y no necesariamente es una prueba de que sean robots. Aún así, si el candidato a alcalde quisiera probar que no es un robot, le bastaría con dañar a un humano para eliminar toda sospecha. Y eso es precisamente lo que hace, darle un puñetazo a otro humano para desmentir la acusación.

SPOILER (selecciona el texto para leerlo): //Lo interesante en este caso es que, a quien le da el puñetazo, no es un robot, y por lo tanto nada le prohíbe dañarlo. Es decir, que al final resulta que el candidato a alcalde sí es un robot, pero es importante (por las fobias contra los robots) que la población no lo sepa. //.

 

“El conflicto evitable”

En este relato hemos avanzado bastante en el tiempo, y los robots y máquinas se utilizan para controlar y gestionar todos los recursos humanos. Eso lleva a la humanidad a una situación de dependencia parecida a la que tendríamos hoy en día con la electricidad o el petróleo. Es claramente irónico que, siendo las máquinas algo en principio creado por nosotros y controlado a nuestra voluntad, les deleguemos en un futuro la responsabilidad de velar por nosotros, que en otras palabras significa controlarnos. El controlador es el controlado.

Los ordenadores de las grandes regiones del mundo parecen gestionar los recursos de una forma inadecuada, de forma que se perjudica a miles de seres humanos. En principio parece haber algún error, porque las decisiones de las máquinas no pueden dañar a los seres humanos, pero la explicación radica en el hecho de que las máquinas utilizan la primera ley (la de no dañar a los humanos) aplicándola a toda la humanidad. Si, en su conjunto, la humanidad sobrevive sacrificando los recursos de unos pocos, entonces la decisión no está reñida con la primera ley.

La idea de que los recursos limitados o la superpoblación harían necesaria la eutanasia o la muerte programada también aparece en Un guijarro en el cielo del propio Asimov, o en la novela (también película) La fuga de Logan, y puede que también en alguna de las novelas de Asimov que aún no he leído. 

 

Asimovs_world_by_QuantumBranching

“Asimov’s World” (DeviantArt)

 

Todas estas historias sobre robots (y otras que también escribió Asimov, pero no se incluyen en este recopilatorio) motivan al lector a ejercitar su imaginación y a dejarse llevar por cómo la ciencia, siempre en el fondo de forma positiva, puede cambiar a la humanidad. Los robots son creaciones humanas, pero como se ha visto en estas historias, a menudo se refleja en ellos lo que somos los humanos. Los problemas de la sociedad (los prejuicios o el complejo de Frankenstein), la compleja psicología humana, o la falibilidad de una leyes creadas por humanos son algunos ejemplos de ese reflejo. Yo, Robot es una colección de relatos imprescindible para cualquiera que quiera iniciarse en la ciencia ficción.

 

Más información: Yo, Robot | I. Asimov

3 comentarios

  1. Información Bitacoras.com…

    Valora en Bitacoras.com:     Paso a comentar el resto de los relatos sobre robots de I. Asimov. La primera parte con los primeros 4 relatos se encuentra en este enlace.   “¡Embustero!” Como decía en la entrada anterior, por muy sólidas e infranqueabl…..

  2. […] Hay que medir las palabras cuando se ordena algo a una máquina, como en aquel relato de Asimov “Pequeño robot perdido”, en el que dicen a un robot “¡piérdete!” y se lo toma como algo […]

  3. […] fuga de Logan en el que lo hacían por pura tradición, como una religión; o también en el relato El conflicto evitable de Asimov, en el que las máquinas controlan los recursos […]

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