Guía para un escéptico (II)

  Esta es la continuación de una serie de reglas o pautas para descartar como ciertas (o como buenas candidatas a serlo) algunas afirmaciones que se puedan oír, manteniendo siempre una actitud escéptica. Estas reglas ayudan a reconocer una falacia lógica o un mal argumento en una conclusión que a simple vista pueda parecer de lo más razonable. Recuerdo que estas reglas no me las he inventado yo. Han estado extraídas de un artículo del Skeptical Inquirer publicado en 1990 y escrito por James W. Lett, que yo voy explicando y ampliando con ejemplos.

  En la primera parte comenté la idea de la falsabilidad, y en esta ocasión analizaré en que consiste la siguiente regla: la lógica.

LOGICA

  Primero, recordemos que se quería decir con que una afirmación es cierta. Me refiero a una afirmación como cierta cuando puede considerarse que lo es, al menos por el momento, con lo que sabemos. Una afirmación que sea capaz de superar todas las reglas que describo en estas entradas, se ha ganado la credibilidad suficiente como para ser considerada como una buena candidata a ser cierta, pero ¡no quiere decir que lo sea realmente!, aunque así lo consideraremos. La ciencia trabaja de esa manera, no con verdades absolutas y eternas, sino todo lo contrario, eventuales hasta que nuevos hechos nos obliguen a cambiar de ideas o de teoría. Si por el contrario una afirmación no supera aunque sólo sea una de las reglas, no existen motivos para considerarla candidata.

  Una vez aclarado este punto, veamos en que consiste que una afirmación sea correcta desde el punto de vista de la lógica. Me ha parecido conveniente hacer una explicación usando matemáticas. No es nada del otro mundo, sólo haré una analogía entre el hecho de que varias premisas ciertas impliquen que una afirmación lo es con una función matemática, en particular una función lógica usando el algebra de Boole. En definitiva, sólo usaré la función “A·B => C” para decir que si A y B valen 1 (las premisas A y B son ciertas) entonces eso implica necesariamente C (A·B=1, el argumento C es correcto o la afirmación C supera la prueba de la lógica). Si alguna de las premisas son falsas (A o B son 0), entonces la afirmación C no será necesariamente cierta (A·B=0). La operación producto en el álgebra de Boole sobre el conjunto {0,1} no se diferencia en nada de la operación aritmética ’producto’ que todos conocemos entre ceros o unos, así que me parecía un buen ejemplo aunque no se conociera la lógica booleana. La función debe entenderse como una implicación en un único sentido, de A y B a C, y no al revés. Es decir, A y B implican C, pero si C es cierta no es necesariamente por A y B. Voy a explicar un poco más lo de las implicaciones con un ejemplo: Si digo que está lloviendo (A), eso implica que hay nubes en el cielo (C) (o supongamos para el ejemplo que siempre es así, porque de algún sitio tiene que venir el agua), pero si hay nubes en el cielo no quiere decir que llueva, es decir, C puede ser cierto sin serlo A, pero no A sin serlo C.

  ¿Qué es lo que puede fallar en la función anterior, para considerar que es lógicamente incorrecta? Bueno, pues para aplicar la regla de la lógica, una afirmación (o función) se puede atacar desde dos frentes:

  •    Por un lado, la función debe ser correcta, es decir, debe ser cierto que si A y B entonces C. Otra forma de decirlo es que el argumento debe ser válido.
  •    Por otro lado, aunque resulte que la función es correcta, puede no cumplirse necesariamente C porque A y B no son ciertas. Recuerdo que C podría ser cierta, porque la implicación sólo va en el sentido A, B => C, pero no al revés. Aún así no deberíamos considerarla como tal, si solo disponemos de premisas falsas.

  Como siempre, se entienden mejor las reglas con ejemplos. Imaginad que, por ejemplo, Iker Jiménez (por decir uno cualquiera al azar) dijese que las pirámides de Egipto no fueron construidas por los antiguos egipcios alegando las premisas de que los egipcios no tenían forma alguna de construir aquellos monumentos tan grandes y con tal aparente precisión de su posición con respecto a algunos eventos cosmológicos. La implicación “lógica” según Iker podría ser que es necesaria una inteligencia y una tecnología de fuera de este mundo para hacer algo así en aquella época. Pensando en los dos frentes que he comentado antes, este argumento falla por los dos. Falla en el primero, porque la ecuación no es necesariamente correcta. Aunque fuese cierto que los egipcios no pudieran construir las pirámides o que la precisión fuese tan buena, no implica automáticamente la existencia de vida extraterrestre cómo única alternativa. Desde luego, si las premisas fueran ciertas, sería algo digno de estudio, pero no habría una implicación directa con la existencia de vida extraterrestre. Para que fuese así, serían necesarias otras premisas basadas en pruebas más ‘fuertes’, como que las pirámides estuvieran hechas de algún material inexistente en la Tierra o algo por el estilo. De modo que el argumento no es válido, así que automáticamente no es un buen candidato a ser cierto. Además, falla en el segundo frente porque las premisas son falsas: no es cierto que las pirámides no pudieran ser construidas por los antiguos egipcios. Tampoco es que estemos hablando del Guggenheim, la geometría de una pirámide es relativamente simple, y tenían esclavos y tiempo suficientes. Recuerdo que aunque las premisas sean falsas, la afirmación podría ser cierta ya que realmente podría haber extraterrestres construyendo cosas por ahí, pero con lo que sabemos no podemos considerarlo como algo cierto, como  comenté al principio de todo de esta entrada. Por pasar podría pasar cualquier cosa, pero no vale la pena tenerlo en cuenta si no se disponen de pruebas paras las premisas o de una conclusión lógica que sea válida.

  Una forma de detectar los argumentos que fallan en el primer punto es el uso de contraejemplos. Incluso si las premisas son ciertas, una afirmación no es válida si se encuentra un sólo caso en donde la función no se cumpla. Por ejemplo: “Todos los perros tienen pulgas” (A), “X tiene pulgas” (B), entonces “X es un perro” (C). Incluso suponiendo que A y B son ciertas, puede haber un ejemplo en el que X no sea un perro y tenga pulgas, y por lo tanto tener pulgas y el hecho de que todos los perros las tengan no implica decir que X lo es. Podría ser, por ejemplo, un gato. El gato es el contraejemplo para el que la implicación no se cumple. El contraejemplo invalida lógicamente un argumento.

  Muchos argumentos también pueden fallar en el segundo punto, el de las premisas falsas, a menudo por tratarse de generalizaciones o directamente por un desconocimiento de lo que se habla.. Por ejemplo: “Todos los perros tienen pulgas” (A), “X es un perro” (B), “X tiene pulgas” (C) es un argumento válido (función correcta) pero la premisa A no es correcta, porque no todos los perros tienen pulgas. Lo mismo es aplicable a cualquier generalización sexista, xenófoba o de cualquier otro tipo que os podáis imaginar.

  A menudo estas generalizaciones, al menos a mí, me suelen pasar desapercibidas escondida en algún anuncio o un telediario, pero las encuentro más a menudo de lo que me gustaría. Muchas veces oigo hablar de cómo somos los hombres, o de cómo son las mujeres, o de cómo son los chinos o los americanos, o los gitanos o los payos, o los blancos o los negros, o homosexuales y heterosexuales… Encuentro un cierto sentido, casi nunca justificable, para que de forma natural la gente generalice sin pruebas. Y es que resulta muy sencillo crear grupos para responderse mejor a algunas preguntas. Creo que existe realmente esa tendencia natural a clasificar las cosas categóricamente. Mucha gente se sorprende que el ornitorrinco ponga huevos, por ejemplo, dada la clasificación tradicional de reptiles, aves, mamíferos, peces y plantas, una clasificación categórica de la que la naturaleza no tiene culpa. Y más de uno, yo mismo cuando lo vi, se rascaría la cabeza pensando si una cierta sustancia la clasificaría categóricamente como líquida o sólida, al comprobar que tiene el tacto de la plastilina pero puesto con forma esférica sobre la mesa, con el tiempo, fluye y se deforma por su propio peso quedando como una tortita aplanada. El problema no es tanto si existe la generalización, sino si esa generalización forma parte de una premisa, ya que entonces ha de ser cierta, y por lo tanto ha de estar probada.

  Voy a poner un ejemplo de argumento que falla en el segundo punto, esta vez no por generalizar, si no por desconocimiento de lo que se habla. Es el caso de la “teoría” de Diseño Inteligente o ID de sus siglas en inglés. El diseño inteligente es una idea que intenta apoyar desde una perspectiva aparentemente científica las ideas creacionistas sobre el origen de la vida como el resultado de un diseñador (se sobreentiende que Dios, aunque ellos no lo dicen explícitamente con la esperanza de que se les vea como científicos únicamente). Los creacionistas, para quien no lo sepa, son los que creen en la creación de todo lo que hay en el Universo tal y como se explica en el Génesis de la Biblia, y por lo tanto la idea de una teoría científica que les respalde parece que les hagan ganar credibilidad. ¿Realmente es el ID una teoría a tener en cuenta? Veámoslo: las hipótesis sobre las que se construye esa teoría, en realidad no son hipótesis que intentan explicar algo, sino ideas que intentan decir que no se pueden explicar ciertas cosas. En particular hay dos:

  • La primera es que existen ciertos organismos con lo que ellos llaman complejidad irreductible, es decir, con partes que no pudieron surgir de forma natural a partir de algo más simple por medios puramente evolutivos. Esas partes irreductibles son tan complejas que necesariamente tuvieron que ser creadas simultáneamente para que aquello haga su función. El ejemplo típico es el flagelo bacteriano: una especie de motor en miniatura para los microorganismos.
  • La segunda se basa en la idea de lo improbable que resulta formar una cuerpo tan complejo como el de cualquier ser vivo y que está tan bien adaptado al medio mediante cambios al azar. Como cualquier cosa diseñada por el hombre, fabricada expresamente para realizar una función, los animales también parecen diseñados para vivir adaptados al medio.

  De la primera, aunque no sea un experto en la materia, tengo entendido que no se ha encontrado un organismo o parte de él que no halla podido evolucionar a partir de algo distinto y más simple, ni siquiera en el caso del flagelo. Otra cosa es que realizara la misma función. Las plumas de las aves parecen demasiado perfectas para su función de volar como para que aparecieran antes que las propias alas (por ejemplo en los dinosaurios que se han encontrado con plumas), pero antes pudieron tener la función de mantener mejor el calor, y poco a poco se fueron adaptando a su nueva función.

En lo que a la improbabilidad se refiere, los cambios no se producen en un solo paso, por ejemplo, de un animal sin ojos a uno con los ojos perfectamente preparados para ver. El proceso es gradual y muy lento, de forma que cada pequeño cambio sí es probable, viéndose reforzados por la selección natural aquellos cambios que suponen una ventaja por insignificante que sea. Un ojo que ve borroso es peor que uno que ve algo menos borroso, aunque sea poca la diferencia. Los defensores del ID también argumentan que aunque esto último fuese así, la probabilidad de que se formara un ojo como el nuestro en lugar de cualquier otra cosa es de 1 contra un número astronómico. Y así es. Pero no tenía que salir necesariamente un ojo como el nuestro, podríamos haber tenido cualquier otra forma de ojo de entre los posibles. El error en este caso es hacer el cálculo de las probabilidades al revés, viendo el resultado y pensado en la improbabilidad de que justo saliera ese resultado. Hay que partir de la base de que la evolución no tiene un objetivo en mente. La probabilidad de que todos los cambios al azar necesarios para producir una especie como el caballo se produzcan es como milagrosa, pero no tenía por que haber salido un caballo. Es como coger una carta cualquiera de una baraja y luego sorprenderse que, de entre todas las cartas, saliera justamente esa. Alguna debía salir.

  Hasta aquí la parte de la lógica. En adelante continuaré analizando una por una las reglas que quedan: exhaustividad, honestidad, suficiencia y reproducibilidad.

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